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La adrenalina de salvar una vida

Eduardo Escobar es chofer de ambulancia, un trabajo que requiere suma concentración y destreza frente a una peligrosa combinación, como lo son la velocidad y los segundos que existen entre la vida y la muerte de una persona.



Eduardo tiene 52 años y desde hace más de 30 trabaja como chofer de ambulancias del hospital Schestakow. Ingresó a los 18 haciendo diversas tareas y dos años después se subió por primera vez al volante. “Cuando empecé era soltero, vivía en Salto de las Rosas (donde nací). En 1985 había un director del hospital que era el doctor Giordano y me propuso entrar a trabajar (yo en esa época trabajaba en la bodega Resero). Me hicieron todos los estudios acá, el psicofísico, con tanta suerte que dos meses después entré a trabajar. Yo viajaba en esa época, tomaba el colectivo que venía de General Alvear a las 6.15 y me iba a las 3 de la tarde de vuelta. En 1996 me casé y en el 2000 me radiqué en San Rafael (Ciudad)”, relata.
Fue su padre, Antonio Escobar, quien le comenzó a enseñar a manejar cuando tenía 12 años. “Me enseñó a manejar en la finca. Mi viejo tenía un tractor ‘oruga’, a cadena y no tenía volante, era a palanca. Después me largó en una camionetita Siam Di Tella también en los callejones”.

Sobre su primera vez al mando de una ambulancia, señaló que se trató de un accidente importante que hubo en Calle 7 y Ruta 143 en Atuel Norte. Un camión viajaba en la madrugada cargado con personas y al llegar a la nombrada calle, giró a la izquierda y se encontró con otro camión cargado con yeso. Las consecuencias fueron fatales para varios de los accidentados. “De eso no me olvido nunca porque yo traje una chica que estaba fallecida pero que estaba embarazada. La partera que iba en la ambulancia le abrió la panza, le sacó el chiquito y lo salvaron a pesar de que estaba prácticamente asfixiado”, dijo. Recordó también otro accidente en el que le tocó trabajar. En ese caso fue en la Cuesta de los Terneros en la época en la que pasaba un tren por la zona. Un grupo de jóvenes que iban en un Rastrojero cruzó las vías en un paso a nivel y no se percataron de que venía la formación.

Una anécdota llamativa que recordó, fue que conduciendo un Rastrojero modelo 70’, tenía que buscar embarazadas en puestos muy alejados del centro. Cargaban una pala para allanar el camino ante la presencia de arenales. “El puestero iba parado en el para-golpe saltando para que el Rastrojero no se quedara en los arenales”, recordó.

Sobre la conducción de la gente en general frente a la presencia de las ambulancias, aseguró que es “irrespetuosa”. “Vos les tocás la sirena y en vez de correrse, se dan vuelta a mirar a ver qué pasa y después recién se corren. O tenés un embotellamiento, empezás a hablar por el altavoz y no te dan bolilla, entonces tenés que buscar las arterias paralelas al embotellamiento y por ahí circular para llegar a tiempo”, expresó.

Explica que la ambulancia hace 16 horas de guardia. A las 6 empieza la jornada con los pacientes crónicos que deben ser llevados desde sus domicilios a realizarse todo tipo de tratamientos al hospital (fisioterapia, diálisis, etcétera). Más tarde colaboran con el Servicio Coordinado de Emergencia con otros traslados. Además, se realizan traslados para la realización de estudios a otros nosocomios o centros especializados (resonancias electromagnéticas, tomografías computadas, etcétera). Esa labor concluye a las 22. Además, hay una guardia pasiva que la realizan los choferes que hacen viajes de urgencia a Mendoza, en los que los acompaña un médico y un enfermero. En ese caso, se lleva adelante con siete días de guardia por siete de descanso. Por otra parte están los choferes que hacen labores administrativas, que están disponibles para realizar todo tipo de trámites o de compras de insumos que requiere el hospital. Para ello usan un utilitario con el que cuentan.

Eduardo asegura que la adrenalina se siente desde el momento en que el chofer se entera de que hay una urgencia y sale del hospital hasta que se regresa con el paciente. “De ida vas con adrenalina porque no sabés con qué te vas a encontrar en la escena (puede ser un hombre con las vísceras afuera, un quebrado, un niñito con convulsiones, cualquier cosa). Subís al paciente y lo traes al hospital con adrenalina también. Pero ¿qué te queda después de eso?, la satisfacción de decir ‘fui útil’ en salvar una vida”, aseguró.

Este chofer está casado con Norma, una docente, y tiene dos hijos: Rodrigo y Federico. El mayor de ellos está en la facultad y el menor terminó séptimo grado este año.

Llamativamente, lejos de alejarse del volante, Eduardo en los ratos libres maneja un taxi: “Hoy en día con un sueldo no alcanza y más cuando tenés hijos estudiando. Para paliar la situación hay que rebuscársela como uno puede”. En los ratos libres disfruta de enganchar una casilla rodante en el auto e irse de paseo, y así ha tenido la oportunidad de conocer casi todo el país.

Como Eduardo, San Rafael tiene muchos “héroes anónimos” y más de uno les debe la vida sin siquiera conocer sus nombres quizás. Esta es una oportunidad para agradecerles tanto profesionalismo frente a una tarea tan delicada y exigente.

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