Geografías de la muerte: por qué San Rafael es un territorio habitado por cementerios

Cosmologías y origen del territorio funerario (Parte I)
El territorio que hoy conforma el departamento de San Rafael se fue constituyendo, como todo espacio geográfico, a través de un denso proceso histórico de apropiación, construcción y representación por parte de quienes lo habitaron a lo largo de sus distintas etapas de consolidación y expansión.
Durante miles de años previos a la conquista europea, esta geografía fue transitada por diversos pueblos originarios. Como grupos de cazadores-recolectores, Puelches y Pehuenches recorrieron el territorio a sotavento de los Andes en busca de los recursos necesarios para su subsistencia, tejiendo redes de contacto con comunidades de la llanura oriental, los valles transcordilleranos y el sur provincial. De esa época dan cuenta valiosos yacimientos arqueológicos que no solo abren una ventana a sus formas de vida, sino también a su cosmología sobre la muerte, visible en sitios de enterramiento hallados en El Sosneado o Jaime Prats. En aquel entonces, la presión sobre los ecosistemas era baja y primaba un equilibrio relativo entre las sociedades precolombinas y su entorno.
La llegada de la civilización europea a partir del siglo XVI quebró progresivamente ese esquema. Oficialmente, el primer asentamiento blanco permanente en el departamento se concretó en 1805 con la fundación del fuerte en la actual Villa 25 de Mayo, sobre la margen norte del río Diamante. Aquella avanzada sobre la frontera sur delimitó una franja permeable de interacción y conflicto entre colonizadores, pueblos nativos en proceso de asimilación y comunidades que aún resistían.
Dos cosmologías frente al mismo abismo
En todas las culturas, el proceso biológico de degradación corpórea ha exigido una respuesta. Para ambos mundos —el originario y el europeo— morir implicó la necesidad de erigir un espacio para la muerte pensado desde la vida, impregnado de simbolismo, memoria y respeto. Sin embargo, las formas de habitar ese tramo final respondieron a lógicas profundamente divergentes.
Para los pueblos nativos, las prácticas de inhumación solían integrarse al paisaje sin transformarlo de manera invasiva. Sus sitios de sepultura —cuyas particularidades variaban según la etnia— no buscaban perpetuarse en grandes monumentos, por lo que hoy resultan menos evidentes para el conocimiento popular y solo se revelan mediante el trabajo arqueológico. Evidentemente buscaban un diálogo con la tierra.
En contraste, el europeo arribó con una concepción de la muerte fuertemente institucionalizada y moldeada por siglos de tradición cristiana y laica. Para la cosmovisión hispana, el enterramiento requería un espacio físico delimitado, sacralizado y regulado. Con el tiempo, estos cementerios pasaron de la tutela de la Iglesia al control del Estado, subordinándose a normativas de salubridad, reglas de uso y ordenamiento urbano. La necrópolis se convirtió así en un territorio en sí mismo: un espacio subsumido a la dinámica de los territorios mayores de la vida (la ciudad, el oasis), pero cargado de representaciones, tensiones de clase y disputas por trascender el olvido.
Pero ¿cómo terminó esta concepción institucionalizando y dispersando el mapa de necrópolis a lo largo de nuestro oasis y nuestro secano?
(Continuará…)
Lic. Prof. Santiago Mondeja y Prof. Lic. Gabriel Negreira.



