Testimonios de quienes, literalmente, le entregan la vida a Dios
María de la Salvación es una monja de 30 años, que vive en el Monasterio de Clausura de Santa Teresa de Los Andes, ubicado en San Rafael. Cuenta en esta entrevista, cómo es la vida de quienes, por voluntad propia, van a vivir “detrás de las rejas”.
Pertenece a la familia religiosa del Instituto del Verbo Encarnado, conformada por la rama masculina (de los sacerdotes) y la rama femenina, compuesta por las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, que tienen como fin o carisma la evangelización de la cultura. En San Rafael, existe un convento en el que viven 20 de esas religiosas, que fundamentalmente rezan por las necesidades de la Iglesia, por el Papa, por los sacerdotes, por las necesidades de la Diócesis y, especialmente, por la paz en el mundo. La patrona es Santa Teresa de Los Andes, que es una carmelita chilena, canonizada por Juan Pablo II.
La más chica de las monjas que habitan allí, es María de la Salvación, quien muy gentilmente, accedió -con el permiso de la Madre Superiora- María de la Carrodilla, a darnos una entrevista.
¿Cómo llegó a este convento?
Todo empezó a los 6 años, cuando vi una religiosa y me di cuenta que yo quería ser así, aunque no entendía en aquel entonces qué era eso. Después fui al colegio de las hermanas (Isabel La Católica). Fue un camino que a veces tuvo mucha oscuridad, en el que no sabía qué hacer, hasta que a los 17 me di cuenta de que no nada podía llenar mi vida, solamente Dios y me decidí a entrar.
Entré con las hermanas que están afuera, (les decimos “apostólicas”, para diferenciarlas de las de clausura) que sirven en los hogares, en los colegios… y después me di cuenta que Dios me llamaba a una vida de entregarle todo, y servir de otro modo a los demás, para dedicarme solamente a Él, en la oración.
¿Dice que fue una sensación interior?
Sí. Con mi familia vivíamos en San Juan, vinimos a vivir acá y entré a ese colegio cuando tenía 12 años, entonces tenía mucha relación con las hermanas. Me di cuenta de que eso era lo que Dios me pedía, es muy personal, cada uno lo siente de diferente manera, es una certeza interior de que tenés que hacer eso, es “un llamado”, pero no como decir “yo quiero ser médico”, porque es más que una vocación de médico, o de abogado, porque es un deseo muy grande de entregarle toda tu vida a Dios. Ves que sos libre de hacerlo o no hacerlo, Dios no te obliga.
Cada uno siente ese llamado de distinta manera, hay quienes han estado por casarse y se dieron cuenta de que tenían que entregarle su vida a Dios; otros tenían una carrera espléndida, había una hermana que quería ser actriz y había ganado un concurso muy importante… hay distintos modos de darse cuenta que en realidad tenían que dedicarle su vida a Dios.
En su caso, ¿alguna vez soñó con casarse o tener hijos?
Sí, quería tener muchos hijos, pero es como que nunca podía dividirme entre una persona y Dios. Ninguna persona me alcanzaba como Jesucristo. Además, yo pensaba “un chico me regala una flor, pero esa flor la hizo Dios para mí, no el chico”, es como que siempre terminaba viendo a Dios detrás de todas las cosas, como si me persiguiera, hasta que entré al convento. Y cuando entré, estaba tan feliz que me preguntaba “¡¿por qué no entré antes?!” Pero bueno, es un camino.
¿Cómo es un día suyo acá en el convento?
Nos levantamos muy temprano, y la mayor parte del día la dedicamos a la oración, por eso estamos en silencio.
Tenemos la adoración al Santísimo; la Misa, todos los días; la Liturgia de las Horas, que es una oración que se reza en la Iglesia, nosotros la hacemos cantada (son salmos). Siete veces en el día vamos a cantar, ya que ese es nuestro oficio: cantar las alabanzas a Dios, dedicarnos completamente a Él. Es también una manera de enseñarles a las demás personas que hay algo que es más importante que todo y por lo cual uno puede dejar la propia vida. En mi caso, dejé a mi familia, dejé si podía tener una profesión, y todo para dedicarme solamente a eso.
Después, durante la mañana, tenemos trabajos y a cada una le toca una tarea (cocinar, lavar, las tareas comunes de la casa), y también hacemos trabajos manuales por los cuales pedimos limosna para vivir, ya que tenemos voto de pobreza.
En la tarde tenemos tiempo de celda, que consiste en dedicarnos a la lectura espiritual, estudio, que es muy importante para rezar y lectura de la Biblia.
Una vez a la semana tenemos tiempo de huerta, pues el contacto con la naturaleza es muy importante para el equilibrio de uno mismo.
Y todos los días, una hora en el almuerzo y una hora en la cena, tenemos “recreación”: Es una hora en la que hablamos, es el único momento que tenemos para conversar.
¿Cuáles son los temas que se tocan en ese lapso?
Y… las cosas del día, el tiempo de recreación es tiempo para distender el espíritu. Nos reímos, comentamos, hablamos de diferentes temas que alimentan nuestro espíritu; la hermana encargada de atender el teléfono nos dice “llamaron pidiendo tal oración”, así todas sabemos por lo que hay que rezar.
¿El contacto con seres queridos, familiares, cuándo se da?
Siempre vienen a visitarnos a un sector del convento que se conoce como el “Locutorio”. Se trata de atenderlos a todos. De hecho, viene un montón de gente a pedir ayuda, oraciones, todo el tiempo nos llaman.
En su caso, ¿cómo se compone su familia?
Mi familia, que puede venir una vez al mes a visitarme (del otro lado de la reja), se compone por mis padres y ocho hermanos. Tengo una hermana religiosa que está en un hogar de caridad, que ayuda a chicas que tienen problemas judiciales, hacen de “mamás”.
¿Qué pasó con los amigos?, ¿se perdieron?
Algunos sí. No es que nunca más fui amiga, pero la misma vida fue tan distinta que sin querer nos separamos. Al no poder yo preguntar “¿cómo estás?” por mi propia vida de oración, me alejé, pero si los quería, ahora los quiero más y me dedico a rezar por todas esas personas. Tal vez no puedo ir al cumpleaños de sus hijos o a sus casamientos, pero estoy ofreciéndole mi vida a Dios todo el tiempo por esas personas.
¿Supieron entenderlo?
Algunos sí y otros no, les costó (risas). Igualmente, muchos amigos entraron al convento o al seminario, y ahora son misioneros en distintas partes del mundo.
¿Qué pasa con el convento en cuestiones, como por ejemplo, ir al médico?
Para hacer los trámites legales e ir al médico tenemos los permisos correspondientes. Sólo salimos por necesidades que no pueden ser solucionados de otra manera.
Imagino que un gran proyecto de vida es seguir aquí, ¿no?
Sí. Es que nuestra vida es muy sencilla. Es como que todos mis proyectos se resumen en querer vivir para Dios en todas las cosas que haga. Tal vez un día me tenga que ir a otro país a fundar otro monasterio…
Gloria de Jerusalén es otra hermana que habita en el mismo convento y que se anima a dar testimonio de lo que es vivir allí.
¿Cuántos años tiene usted?
72 años.
¿Cuándo llegó al monasterio?
Entré a este monasterio el 15 de agosto pasado. Hace 10 años que estoy en la congregación.
¿Qué hacía antes de elegir esta vida como religiosa?
He trabajado muchos años en la docencia: fui maestra, profesora, directora de estudios, rectora de un colegio en Buenos Aires, en el colegio Inmaculada Concepción. Soy profesora de Matemáticas, tengo licencia para enseñar Religión y Teología; soy licenciada en Gestión Educativa; estuve de jurado de supervisores en Buenos Aires y tengo algunos libros publicados.
¿Y por qué decidió cambiar tan radicalmente su vida?
Llegó un punto en que sentí que tenía que hacer “algo más”. Me había jubilado, había estado con mis padres ancianos los últimos años, murieron; mis hijos eran grandes, bastante independientes, y sentí eso: “tenés que hacer algo más”. Vine a hacer un retiro a este monasterio y me decidí a entrar. La verdad es que estoy muy contenta y agradecida a la congregación.
Por Max Belaeff










