Geografías de la muerte: por qué San Rafael es un territorio habitado por cementerios (Parte II y final)
La geografía productiva y el mapa de la memoria. La tiranía de la distancia y la matriz ciudad, oasis y secano.

Esta necesidad de deposición final se materializó en el espacio en estrecha sintonía con el modelo productivo local. La construcción del paisaje sanrafaelino exigió la creación del binomio ciudad/oasis: un artefacto humano indispensable para garantizar la reproducción de la vida en el marco árido y agreste del territorio mendocino.
En un principio, la vasta geografía departamental, la falta de vías de comunicación adecuadas y la lentitud de los medios de transporte de la época impusieron la aplicación estricta del principio de cercanía. Inhumarse lejos del lugar de residencia era impracticable. Así nacieron espontáneamente —y luego se formalizaron institucionalmente— los cementerios distritales, emplazados en las inmediaciones de las villas cabeceras donde se agrupaba la mano de obra dedicada a la producción agrícola y vitivinícola, ayudando con ello indirectamente a potenciar el arraigo de los deudos en el territorio.
Hoy en día, el mapa fúnebre municipal abarca once cementerios públicos a cargo del ejecutivo departamental. A ellos se suman dos casos singulares: un recinto de carácter religioso dentro del seminario de la orden del Verbo Encarnado —resabio de viejas prerrogativas eclesiásticas— y un cementerio parque privado, cuya arquitectura sobria y estandarizada responde a una lógica comercial de matriz anglosajona.
Pero la producción también dejó huellas fuera de la red del agua. En el secano, al noreste del cerro El Nevado (distrito de Jaime Prats), yacen los restos del cementerio del paraje Soitue. Surgido a finales del siglo XIX y abandonado hacia mediados de la década de 1940, este recinto con más de cien tumbas respondió a la lógica de una minería de enclave: la del complejo productivo de las minas Picardo o San Eduardo. Allí, una ciudadela de más de mil habitantes resistió en condiciones extremas a fuerza de trabajo extractivo, obligando a familias enteras a afincarse, desarrollar su vida y, finalmente, encontrar su última morada en medio de la inaccesibilidad del desierto.
El mapa mudo de la memoria
Explicar la distribución geográfica y la fragmentación de los cementerios en San Rafael es, en última instancia, explicar la historia misma de cómo se ocupó y produjo su territorio.
Las necrópolis del departamento no son meros depósitos biológicos al margen del mapa; son marcas territoriales que atestiguan las distancias que costaba recorrer, las autonomías de cada núcleo rural y las urgencias de los enclaves de trabajo. Desde las sepulturas colectivas indígenas descubiertas por la arqueología hasta el abandono del cementerio minero en El Nevado, pasando por las necrópolis distritales y los modernos campos privados, cada tumba dibuja la silueta de la sociedad que la erigió. En esa trama dispersa, los muertos no están alejados de la vida: continúan siendo el reflejo más fiel de las dinámicas, las desigualdades y las cosmologías con las que los vivos construyeron el oasis. Así las geografías de la muerte se constituyen en verdaderos territorios intersticiales dentro de otros territorios mayores, la ciudad, el oasis y el secano.
Lic. Prof. Santiago Mondeja y Prof. Lic. Gabriel Negreira.
Geografías de la muerte: por qué San Rafael es un territorio habitado por cementerios
El territorio que hoy conforma el departamento de San Rafael se fue constituyendo, como todo espacio geográfico, a través de un denso proceso histórico de apropiación, construcción y representación por parte de quienes lo habitaron a lo largo de sus distintas etapas de consolidación y expansión.



